La relación de Vicente Plaza con la música no comenzó como una búsqueda consciente. Para él, fue más bien la música la que llegó inesperadamente a ocupar un lugar central en su vida.
“Yo no me acerqué a la música, la música se acercó a mí”, dice.
Ese encuentro ocurrió cuando tenía apenas ocho años, en una etapa que él mismo describe como una “época de hambre artística”, marcada por la necesidad de encontrar una forma de expresar aquello que las palabras no lograban contener.
“Estaba buscando un medio por el cual decir cosas que el lenguaje hablado no puede”.
Aunque desde pequeño sentía afinidad por el arte, inicialmente no se consideraba especialmente musical. Probó primero con la guitarra, instrumento con el que nunca logró conectar completamente. Más tarde llegó el piano, gracias a un pequeño teclado de 44 teclas que le regaló un primo desde Calama, ciudad de donde es originario.
Fue ahí donde comenzó a descubrir el instrumento de manera intuitiva, aprendiendo de oído sus primeras melodías.
“Principalmente Chopin y músicas populares varias”, recuerda.
El compositor polaco apareció en su vida a través de una película que marcaría profundamente su sensibilidad artística: El Pianista, obra que vio también a los ocho años.
Desde entonces, el piano se transformó en un lenguaje propio.
“Elegí el piano porque descubrí que tenía 88 maneras distintas de decir cosas que nunca había sabido explicar hablando”.
Más allá de la técnica o el virtuosismo, Vicente entiende la música como una experiencia profundamente humana y colectiva. En su reflexión sobre el Chile actual, destaca un valor que considera cada vez más escaso: la capacidad de escuchar.
“La música puede aportar algo que hoy escasea entre tanta opinión, tanta prisa y tanto ruido: oído”.
Para él, incluso antes de interpretar una obra, la música exige un ejercicio de atención y sensibilidad hacia el otro.
“Antes de cualquier interpretación, incluso en una orquesta, existe el acto humilde de escuchar al otro”.
Y agrega una reflexión que conecta directamente con la realidad social contemporánea:
“Quizá ese sea el problema moderno: todos quieren ser solistas en un país que hace rato necesita aprender a sonar en conjunto”.

Vicente también habla de la dimensión inexplicable de la música, aquello que escapa a toda lógica racional y que, aun así, conmueve profundamente.
“La música tiene algo peligroso: hace que incluso la gente más racional termine sintiendo cosas que no puede explicar”.
Una experiencia que él mismo reconoce haber vivido personalmente y que continúa asombrándolo.
“Tiene algo que escapa de toda matemática o ciencia, y aún no sé qué es. Creo que nunca lo sabré”.
La mirada de Vicente Plaza refleja una relación íntima y filosófica con la música, entendida no solo como arte, sino también como una forma de escuchar, comunicar y habitar el mundo desde una sensibilidad más profunda.


