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La música ha estado presente en la vida de Pamela Soto desde sus primeros años, profundamente ligada a sus recuerdos familiares y al entorno artístico en el que creció.

Aunque en su familia no había músicos clásicos, su abuelo materno, Guido, era cantante y guitarrista folclórico, dejando una huella imborrable en su infancia. “Recuerdo una casa siempre llena de música y momentos muy especiales cantando junto a él mientras tocaba guitarra”, comenta.

A pesar de que su abuelo falleció cuando Pamela tenía apenas cinco años, siente que ese vínculo con la música quedó instalado para siempre. A ello se sumó la influencia de su madre, quien, desde las artes visuales, también fomentó su sensibilidad artística. “Crecí viéndola pintar al óleo y acrílico en la casa. De una u otra forma, el arte siempre estuvo presente en mi infancia”, recuerda.

Más adelante, luego de haber explorado disciplinas como el ballet y el canto coral, comenzó junto a su madre la búsqueda de un taller instrumental, dando inicio a un camino que hoy entiende como algo completamente natural.

Aunque inicialmente pensaban en clases de piano, el destino la llevó hacia el violín. “En la academia me ofrecieron estudiar violín e incluían el préstamo del instrumento, lo que facilitaba mucho el acceso en ese momento”, explica.

La conexión fue inmediata. Poco tiempo después, recibió de regalo su primer violín por parte de su tío, un gesto que recuerda como profundamente significativo. Paralelamente, ingresó a la Escuela de Cuerdas Frotadas del Centro Cultural de Osorno, espacio que marcó gran parte de su formación musical.

“Fue un lugar fundamental para mi desarrollo. Allí combinaba clases individuales con participación en orquesta infantil, y recibí apoyo constante durante muchos años”, señala. Esa experiencia la llevó posteriormente a trasladarse a Santiago para continuar sus estudios, ingresando en 2018 a la Universidad de Chile.

Para Pamela, uno de los aportes más importantes de la música en la sociedad actual es su capacidad de generar comunidad. “La música nos permite encontrarnos, compartir y construir redes en torno a intereses comunes”, reflexiona.

A lo largo de su experiencia, ha visto cómo esos vínculos se construyen en distintos espacios: desde orquestas infantiles hasta agrupaciones de cámara y proyectos colaborativos entre músicos. “En un contexto donde muchas veces predominan la fragmentación y la distancia, la música ofrece un espacio de conexión humana, sensible y honesta”, afirma.

Actualmente, Pamela proyecta su carrera con un fuerte enfoque en la música de orquesta y la música de cámara, áreas que valora tanto por su riqueza artística como humana. Además, busca vincular su trabajo interpretativo con la mediación y la gestión cultural, entendiendo el arte como una herramienta para acercar la música a más personas y generar nuevas oportunidades para jóvenes músicos.

“Me interesa no solo formar parte de proyectos artísticos, sino también impulsarlos, especialmente aquellos que contribuyan a la descentralización cultural y al desarrollo de nuevas generaciones”, comenta.

Recientemente, Pamela participó junto a su cuarteto Pacífico Sonoro en el Festival Internacional de Música de Guadalajara, realizado entre marzo y abril de este año en México, donde recibieron clases magistrales de destacados maestros internacionales y se presentaron en la Sala Consuelo Velásquez de PALCCO, una experiencia que significó un importante paso en su desarrollo artístico.

Con sensibilidad y convicción, Pamela continúa construyendo un camino donde la música no solo representa una vocación, sino también una forma de encuentro, comunidad y transformación cultural.