Para Pablo Melo, la música comenzó mucho antes de convertirse en un instrumento, un escenario o una vocación. Fue, primero, una impresión imborrable: escuchar Immigrant Song de Led Zeppelin cuando tenía apenas cuatro años. “La cabeza me explotó”, recuerda. El ritmo y, sobre todo, la guitarra se quedaron con él.
En esos años, mientras sus tíos y primos arreglaban la casa, una radio cassette sonaba entre los escombros y el trabajo. Allí la música se le hizo cercana, concreta y vital: no como una disciplina abstracta, sino como un juego capaz de reunir a las personas y volver realidad una fantasía.
Ese impulso lo llevó a imitar a sus ídolos con un escobillón. Al verlo, su hermano y sus primos le construyeron una guitarra de cartón. Con ella organizaba verdaderos shows en los cumpleaños familiares, pasaba un sombrero y, moneda a moneda, reunió lo necesario para comprar su primera guitarra real. “Elijo creer que la guitarra me eligió”, dice Pablo, reconociendo en esa historia una mezcla de fascinación, juego y convicción.
Hoy, Pablo cree que la música puede aportar imaginación y espacio para la transformación en el Chile actual. Frente a un entorno acelerado y muchas veces polarizado, la entiende como una invitación a pausar, soñar y construir un refugio creativo desde el cual mirarnos de otra manera.


“La música salta cualquier barrera y nos une a un nivel muy humano”, afirma. Para los jóvenes, agrega, representa también una forma de libertad: la posibilidad de no encajar en una narrativa tradicional, de mirar al mundo con audacia y afirmar que podemos ser “tan sofisticados, extraños y cosmopolitas como queramos”.
Su mensaje final conserva la sencillez de aquellas primeras presentaciones con una guitarra de cartón: no importa cómo se empiece. Si existe el deseo de decir algo, la música siempre encuentra una forma de salir. “El arte no requiere una forma perfecta, requiere amor. Porque si hay amor en lo que haces, la forma es lo de menos”.
