A los 14 años, Krishna Villalobos descubrió un mundo que transformaría para siempre su vida. Gracias a la oportunidad de integrarse a una orquesta juvenil, tuvo su primer acercamiento real a la música clásica, una experiencia que marcaría el inicio de su camino como oboísta y futura profesora.
“Hasta ese momento la música clásica no era parte de mi vida de una forma tan cercana, pero desde el primer ensayo descubrí un espacio donde podía aprender, expresarme y sentirme parte de un equipo”, recuerda.
A los 14 años, Krishna Villalobos descubrió un mundo que transformaría para siempre su vida. Gracias a la oportunidad de integrarse a una orquesta juvenil, tuvo su primer acercamiento real a la música clásica, una experiencia que marcaría el inicio de su camino como oboísta y futura profesora.
“Hasta ese momento la música clásica no era parte de mi vida de una forma tan cercana, pero desde el primer ensayo descubrí un espacio donde podía aprender, expresarme y sentirme parte de un equipo”, recuerda.
Con el paso de los años, comprendió que la formación musical iba mucho más allá del aprendizaje técnico de un instrumento. “La música no solo me estaba enseñando a tocar un instrumento, sino también valores como la disciplina, la constancia, la responsabilidad y el trabajo en conjunto”, afirma. Hoy, esos principios siguen guiando tanto su desarrollo artístico como su labor docente.
Un instrumento que conquistó su oído
Cuando llegó el momento de elegir un instrumento, el oboe captó inmediatamente su atención.
“Desde la primera vez que lo escuché, su sonido me llamó profundamente la atención. Tiene un timbre muy particular, expresivo y humano, que me emocionó desde el principio”.
A esa primera fascinación se sumó el desafío técnico que implica dominar uno de los instrumentos más exigentes de la orquesta, un reto que terminó por convencerla.
“Aprender oboe ha sido un camino exigente, pero también muy gratificante. Gracias a él he conocido personas increíbles, he tocado en distintas orquestas y hoy también tengo la oportunidad de compartir todo lo que he aprendido con mis alumnos”.


La música como motor de desarrollo
Además de su carrera como intérprete, Krishna ha encontrado en la enseñanza una forma de transmitir todo lo que la música le ha entregado.
Desde esa experiencia, está convencida de que la educación musical tiene un impacto que trasciende los escenarios.
“Creo que la música puede aportar mucho al Chile de hoy porque crea espacios de encuentro, respeto y colaboración entre personas muy distintas. En un contexto donde muchas veces predominan las diferencias, la música nos recuerda que es posible escucharnos, trabajar por un objetivo común y construir comunidad”.
Para ella, el valor de la formación artística es especialmente significativo en niños y jóvenes.
“La música puede ser una herramienta muy poderosa para desarrollar la sensibilidad, la creatividad, la disciplina y la confianza en sí mismos. He podido verlo como estudiante y profesora: la música abre oportunidades, fortalece vínculos y puede marcar positivamente el rumbo de una persona”.
Por eso, concluye, apoyar el acceso a la educación musical es también apostar por el futuro del país.
“Invertir en educación musical también es invertir en el desarrollo humano y social de Chile”.
Historias como la de Krishna Villalobos reflejan el impacto que tiene brindar oportunidades a jóvenes talentos. Desde aquel primer ensayo en una orquesta juvenil hasta su presente como intérprete y profesora, su recorrido demuestra que la música no solo forma artistas, sino también personas comprometidas con compartir ese aprendizaje y contribuir, desde el arte, a construir una sociedad más sensible, colaborativa y humana.