El camino de Camila Rojas Arriagada en la música comenzó a los nueve años, cuando su madre decidió inscribirla junto a su hermano mayor en un proyecto musical de la comuna donde vivían, iniciativa que buscaba formar una orquesta infantil.
Fue en ese primer acercamiento donde descubrió el instrumento que marcaría su vida: el violín. “No fue algo muy premeditado. El día que fuimos a conocer el proyecto, probé el violín y me encantó desde el primer momento”, recuerda.
Más allá del instrumento en sí, lo que terminó por enamorarla fue todo lo que la música representaba: la posibilidad de compartir con otros, trabajar en conjunto y crecer constantemente. “Me gustó mucho porque podías hacer música con amigos, tocar en orquesta y esforzarte para mejorar y poder interpretar obras cada vez más desafiantes”, comenta.
Hoy, Camila ve en la música una herramienta profundamente necesaria para la sociedad actual. “Creo que la música es un gran factor de cohesión social, y eso es algo que hoy hace mucha falta. Tiene la capacidad de unir a las personas, generar emociones y crear espacios de encuentro”, señala.
Desde su labor como violinista, espera seguir aportando a la construcción de esos espacios donde las personas puedan conectarse a través del arte. Asimismo, su vocación pedagógica también ocupa un lugar importante en su proyecto de vida. “Me gustaría seguir acercando este bello mundo a las nuevas generaciones y mostrarles todo lo que la música tiene para ofrecerles”, agrega.

Para Camila, la música no solo se convirtió en una profesión o una pasión, sino también en una forma de comprender y habitar el mundo. “La música cambió por completo mi manera de ver la vida. Me siento muy afortunada, porque gracias a ella puedo apreciar la belleza de la vida y encontrar cobijo incluso en los momentos difíciles. Me permite sentir, expresarme y conectar con otras personas a través de algo tan humano y sensible como el arte”.