Amigos del Municipal

Becada de la Corporación de Amigos del Municipal e integrante de la Orquesta de Cámara del Teatro Municipal de Santiago, Francifé López encontró tempranamente en la música un espacio para expresarse y conectar con los demás. En esta conversación, recuerda el momento en que descubrió la música en vivo, habla de su profunda relación con la viola y reflexiona sobre el valor que el arte puede aportar al Chile de hoy.

Un descubrimiento a los siete años

La música apareció en la vida de Francifé López de una manera casi inesperada. Tenía siete años, practicaba ballet y se preparaba para bailar El Cascanueces. Después de meses de ensayos llegó el momento del ensayo general y ocurrió algo que cambiaría su relación con la música.

Hasta entonces, recuerda, pensaba que la música que acompañaba la danza provenía de un reproductor. Ese día descubrió que nacía allí mismo, desde el foso del teatro, interpretada en vivo por una orquesta.

«Ese momento fue profundamente revelador para mí».

La experiencia abrió una nueva puerta. Poco después comenzó a cantar en un coro, actividad que mantuvo durante varios años. Pero sería a los trece cuando encontraría definitivamente el instrumento con el cual quería expresarse: la viola.

«Fue amor a primera vista. Su sonido conectó profundamente conmigo y, desde entonces, supe que ese era el instrumento con el que quería expresar mi voz», cuenta.

La viola, el corazón de la orquesta

Cuando Francifé habla de la viola, lo hace desde un vínculo que va mucho más allá de la técnica o de la interpretación.

Para ella, la viola es el corazón de la orquesta, incluso su alma, porque ocupa un lugar capaz de conectar las cuerdas graves con las agudas, dando cohesión y profundidad al conjunto.

También reconoce que parte de su fascinación surgió precisamente porque se trata de un instrumento menos conocido y, muchas veces, incomprendido.

«Quizás eso fue justamente lo que más me atrajo. Sentí que mi propio lado incomprendido encontraba un lugar y una voz a través de él».

Francifé describe su sonido como cálido, profundo y lleno de carácter. Puede ser áspero cuando una obra lo requiere, pero también extraordinariamente dulce y nostálgico. Y encuentra una imagen muy particular para transmitir aquello que escucha y siente cuando toca:

«Siempre digo que su sonido es como la piel de un durazno: aterciopelado, o como la seda. Eso es la viola para mí».

La música como un espacio para detenernos

Al reflexionar sobre el aporte que la música y el arte pueden hacer al Chile de hoy, Francifé pone el acento en algo cada vez más escaso: la capacidad de detenernos y prestar atención.

En una época marcada por la rapidez y los estímulos permanentes, asistir a un concierto supone hacer espacio para la presencia, la escucha y la contemplación.

«La música nos invita a bajar las revoluciones, a escuchar de verdad y también a escucharnos a nosotros mismos», señala.

Ese encuentro con la música permite, a su juicio, conectar con las emociones y recordar que la belleza también constituye una necesidad humana. De allí que el acceso y la valoración del arte tengan consecuencias que trascienden el escenario.

«Pienso que una sociedad que valora el arte es una sociedad más sensible, más empática y más consciente».

Una orquesta que se transforma en familia

Hoy, como becada de la Corporación de Amigos del Municipal, Francifé destaca especialmente el espacio que ha encontrado en la Orquesta de Cámara del Teatro Municipal de Santiago.

Su agradecimiento no se limita a las oportunidades de formación y crecimiento artístico. Hay una dimensión humana que, para ella, resulta igualmente importante.

«La Orquesta de Cámara del Teatro Municipal de Santiago se ha convertido en una verdadera familia para mí», afirma. «Es muy significativo sentir que no solo se preocupan por nuestro desarrollo musical, sino también por las personas que somos».

Ese entorno, explica, invita a sus integrantes a crecer, apoyarse mutuamente y buscar la excelencia en cada ensayo y concierto.

Para Francifé, ser parte de la orquesta es un privilegio. Y su historia refleja también el sentido que puede tener acompañar el desarrollo de jóvenes músicos: abrir oportunidades para que el talento encuentre un espacio donde crecer, pero también una comunidad donde sentirse acogido.

Porque aquella niña que un día descubrió, sorprendida, que la música de El Cascanueces provenía de una orquesta en vivo, hoy forma parte de una. Y desde el sonido cálido y profundo de su viola ha encontrado, precisamente, su propia voz.