Desde el coro de su colegio hasta su decisión firme de dedicar su vida al canto, nuestra becada Catalina Lassalle ha construido un camino donde la música no es solo una disciplina artística, sino una identidad profunda.
Su historia comienza con una invitación sencilla, pero decisiva: un profesor de música —a quien recuerda con enorme cariño— la invitó a participar en el coro escolar. Ese gesto marcó el inicio de un vínculo que crecería con los años, transformándose en vocación.
El descubrimiento de su propia voz
En el colegio tuvo la oportunidad de explorar distintos instrumentos, como la guitarra y algunos instrumentos andinos, además de hacer música en conjunto. Sin embargo, había algo que siempre estuvo por encima de todo: cantar.
Desde que tiene memoria, el canto ha sido su forma más natural de expresión. Con el tiempo comprendió que no era simplemente un hobby, sino aquello que la identifica y la mueve profundamente. La voz se convirtió en su instrumento, en su medio para comunicar emociones y conectar con otros.
La música como derecho y esperanza
Para Catalina, la música tiene un poder transformador. Es, ante todo, un espacio de refugio y escape frente a la realidad cotidiana. Pero su mirada va más allá de la experiencia individual: cree firmemente que la música docta debe llegar a todos, sin distinción social ni geográfica.
Sueña con un Chile donde esta música pueda salir del público habitual y expandirse hacia nuevos territorios, especialmente hacia niños y jóvenes que, por razones económicas o de ubicación, no siempre tienen acceso a ella.
Porque —como ella misma expresa— todos merecemos emocionarnos y soñar con música tan bella.

En su camino artístico, Catalina Lassalle no solo cultiva su voz, sino también una convicción: que la música puede abrir puertas, generar oportunidades y recordarnos que el arte, cuando se comparte, se transforma en un acto de generosidad y esperanza.